12/05/2004

El toro y los encierros

Resulta complicado y tremendamente difícil remontarse a los orígenes de los encierros en Liétor. La escasa y escueta documentación conservada en archivos y bibliotecas no aporta la suficiente luz al tema, dejando este con muchas lagunas y sobras. Así se tratará el tema desde un ámbito más general.

No obstante lo que pretendo con este artículo es aportar datos para que cada uno componga su propia idea del toro y los encierros.

La leyenda y el mito definen el argumento base para enraizar los primeros encierros. Origen que algunos fijan dentro de la cultura vettona, etnia de estirpe celta que basó su economía en la explotación ganadera; echo que propició el que le rindieran culto al toro como animal sagrado, conjugando la magia y el mito con el sacrificio y el fuego.

Prolifera, de igual modo, el relato que narra la costumbre entre los vecinos del lugar que, al llegar como cada año el estío de verano, un joven sacado por sorteo entre los de su quinta, era soltado por las calles estrechas, entre muros, de la ciudad armado con puñales para defenderse del ataque del que era sometido por el resto de habitantes, ante cuyas agresiones terminaba falleciendo. Un año, la suerte agració a un hijo de un noble que canjeó a este por un toro; iniciándose así, de esta manera, la ininterrumpida lidia de toros por las calles de la ciudad antigua de Coria.

Los primeros documentos que hacen referencia sobre las celebraciones o fiestas regladas de toros en Coria se remontan a la concesión del Fuero de la Ciudad a principios del siglo XIII.

En la Prehistoria, desde que el hombre comenzó la caza del antepasado del toro, el uro, mostraba una actitud a acometer violentamente para defensa propia. La admiración por este lo llevó a tomarlo como símbolo de fuerza y de poder y de adoración como animal sagrado o totémico.
Ya en la edad Antigua, este curioso contraste entre la bravura y ferocidad vinculó a este animal con los dioses y mitologías mediterráneas como el dios egipcio Apis, Teseo o el Minotauro…Rituales que posteriormente darían paso a la celebración de combates de toros, entre los antiguos pueblos prerromanos de estirpe ganadera. Dichas peleas exigían un valor y una habilidad técnica como se puede observar en pinturas murales como los que decoran en Creta el Palacio de Cnosos, donde lidiadores saltan sobre el toro, cogiéndolo de los cuernos y derribándolo.
En otras ocasiones el ritual taurino se remontaba en ceremonias de tipo colectivo: inauguraciones, bodas…donde lo popular se fundía con lo religioso, como bien se describe en las “Cantigas de Santa María” de Alfonso X, siglo XIII

En la Edad Media surgió la suerte de lancear los toros a caballo; habilidad que servía para adiestrar a los militares. Como deporte ecuestre se daría durante el reinado de los Reyes Católicos, los famosos lanzamientos. Toda una suerte de festejos tauromáquicos que propiciaron, en 1495, tras la caída y conquista de Granada, la celebración de un evento taurino en la propia sede Católico-Romana del Vaticano como símbolo de tal hito histórico.

Edad Moderna. No será hasta principios del siglo XVIII, el momento en que aparezcan los primeros lidiadores con matices profesionales, rejoneadores acompañados de sus propias cuadrillas. También surgen las primeras plazas de toros. A finales del siglo XVIII se consolida la tradicional corrida de toros.


Queda con esto explicado la evolución del toro y de los encierros….pero antes de terminar el articulo comentar a modo de comentario popular la más cercana referencia de los encierros en Liétor…

En la reconquista de Granada, el conde don Fadrique, perteneciente al reino de Navarra, bajo con sus tropas para apoyar por la zona sur de la sierra de Segura, a Alfonso X, el Sabio. Al regreso de dichas tropas uno de los nobles en la retirada hacia tierras navarras, se asentó en el término de Liétor y a modo de celebración soltaron a un toro que recorrió las calles de la villa.


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